sábado, 12 de junio de 2010

TUTANKAMON....Un ¿mito?





Seis campañas de excavaciones sin ningún resultado fueron suficientes para que Howard Carter y su equipo se dieran por vencidos en la búsqueda de la tumba del faraón Tutankamón, de cuya existencia tenían constancia por inscripciones en templos, copas, jarras y sellos de arcilla, hallados en el Valle de los Reyes, la antigua Tebas. Cuando ya estaban a punto de renunciar al rastreo que les había llevado más de cinco años, el hallazgo de un escalón tallado en una roca a la entrada de la tumba de Ramsés VI, devolvió la esperanza a la expedición. Habían dado con la pista que les guiaría a uno de los descubrimientos más importantes del siglo: la necrópolis funeraria del faraón Tutankamón.
La mañana del 4 de noviembre de 1922, 16 escalones aparecían ante el atónito arqueólogo inglés como el primer paso a una abertura que descendía a una profundidad de unos cuatro metros. Un largo pasadizo de 3 metros de alto por 1,8 de ancho conducía a Carter a una puerta sellada con el membrete de la casa real de Tutankamón. Sus pesquisas eran ciertas y las evidencias no dejaban lugar a la duda. Howard Carter había dado por fin con el sepulcro del joven rey de la XVIII dinastía.
Cuando se cumple el 75 aniversario del descubrimiento de su tumba, el enigma de Tutankamón sigue siendo uno de tantos misterios sin resolver. El mismo Howard Carter murió sin conocer el origen y desenlace de la vida de Tutankamón. Abrumado por la incertidumbre, dejaba escrito en su biografía sobre el faraón: "...El misterio de su vida nos sobrepasa... las sombras se mueven, pero la oscuridad nunca se dispersa...". Una advertencia para quienes fueran a seguir sus pasos.
El nacimiento de un faraón. La inestabilidad política y la influencia de los sumos sacerdotes y altos funcionarios de la corte marcaron desde el primer momento el nacimiento de Tutankhaton (Tutankamón), como así aparece nombrado en las inscripciones de los templos de Aketatón en la orilla Este del Nilo, ciudad fundada por Akenatón, a quien la mayoría de los egiptólogos reconoce como padre de Tutankamón. Desde temprana edad, el faraón niño, "la viva imagen del dios Atón", aprendió las funciones del líder-dios que pronto le tocaría desempeñar. Mientras jugaba en los jardines del Palacio de Akhetatón (la actual Tell al-Amarna, a 400 kilómetros del El Cairo), veía cómo su padre rendía culto a Atón, (dios del disco solar) con quien más tarde se identificaría y sobre quien había fundado una religión monoteísta.
Akenatón, había llevado a cabo una profunda reforma religiosa y política en el reino, ganándose poco a poco la enemistad de consejeros y sacerdotes. Él y su esposa Nefertiti abandonaron los dioses y templos de Tebas para fundar la nueva capital política del reino en Aketatón. Con una devoción que rozaba casi el fanatismo hacia Atón, suprimió en todos los monumentos cualquier referencia al dios Amón y a la vieja religión politeísta. En el sexto año de sus diecisiete de reinado, se cambió de nombre. Ya nunca más aparecerá en los muros de los templos como Amenofis IV, sino como Akenatón, "aquel que beneficia a Atón".
A su muerte, Tutankhaton ascendió al trono a la temprana edad de nueve años, junto a su esposa Ankhesenamón, la tercera hija de Akenatón. Según unas fuentes, su reinado se desarrolla entre los años 1333 y 1323 antes de Cristo, mientras que en otras, aparece mencionado entre los años 1336 y 1327 antes de Cristo. La joven pareja, ocupada más en la diversión propia de su edad que en tareas como regentes, pasaban largas horas navegando por el Nilo en canoas de caña. Olvidando los asuntos de estado dedicaban su tiempo de ocio a la caza y el deporte.
Tutankamón, de complexión delgada, aparece representado en numerosos relieves de los templos de Tell al-Amarna y Tebas, en escenas de cacerías rodeado de sus siervos. La enamorada esposa obsequiaba al niño rey con afectuosas atenciones, prueba de su amor. Ella, inseparable compañera del faraón, salía a cazar en las expediciones que con frecuencia realizaba. En una de tantas imágenes plasmadas en los muros de Tebas, Ankhesenamón aparece arrodillada a los pies de Tutankamón, mientras éste caza patos con arco y flechas junto a un cachorro de león. La reina, atenta a los movimientos de su esposo, con una mano le señala un pato mientras que con la otra le ofrece una flecha.
"...El misterio de su vida nos sobrepasa... las sombras se mueven, pero la oscuridad nunca se dispersa...". Una advertencia de Howard Carter, el arqueólogo inglés que descubrió la tumba del faraón, para todos aquellos aventureros que pretendían seguir sus pasos

Este continuo asueto era seguido desde cerca con recelo por una jerarquía poderosa que veía con desconfianza los juegos de amor y diversión del joven rey y su amada esposa. Algunos, incluso, habían puesto en duda la estirpe real de Tutankamón, quien aparece aludido en varias inscripciones como hijo de rey. Amenazado por las intrigas palaciegas Akenatón necesitaba un hijo que le sucediera a su muerte al frente del reino y que prosiguiera la revolución religiosa que unos años antes había iniciado. Su joven esposa Nefertiti le había dado seis hijas, pero ningún descendiente varón.
Preocupada por la situación de inestabilidad política y la amenaza de una ambiciosa clase sacerdotal, Nefertiti buscó la más hermosa de las concubinas del reino que pudiera engendrar un sucesor real y asegurar la continuidad del trono. La bella Kiya, identificada como una princesa mitanni y según diversas fuentes madre de Tutankamón, fue la elegida para gozar de los favores del rey Akenatón. La joven, pronto se hizo imprescindible para el faraón hereje y fue nombrada "primera reina secundaria y favorita de su majestad". Pero el supuesto linaje real del faraón, los celos y el ansia de poder de los sacerdotes y oficiales, fueron razones suficientes para que miraran a Tutankamón como contrario a sus intereses.
El nacimiento de un faraón. A pesar de que el niño rey permanecía en lo alto de la pirámide jerárquica de la sociedad egipcia, considerado una figura semidivina, aparece siempre rodeado en la corte por un grupo poderoso de consejeros, sacerdotes y altos oficiales sobre quienes se había relegado la tarea de organizar diariamente el reino hasta que Tutankamón fuera adulto.
Los hilos del rey títere, movidos por los sacerdotes de Tebas, llevaron a Tutankamón a abrazar de nuevo el culto a Amón, cambió las terminaciones de los nombres de atón a amón y el politeísmo volvió a formar parte del culto religioso en la repuesta capital del reino, Tebas. Ay, sumo sacerdote y chambelán de la corte y Horemheb, jefe militar, fueron personajes cercanos a Akenatón, y más tarde consejeros personales de Tutankamón durante los nueve años de su reinado. Ay se encargó personalmente del sepelio de padre e hijo, y tras la muerte de este último se proclamó rey procurándose de esta manera un lugar en el panteón real de Tell al-Amarna.
Era costumbre en el antiguo imperio de los faraones que el primogénito y sucesor del faraón muerto se encargase personalmente de los detalles del funeral, y en ausencia de éste, el más destacado y cercano consejero del gobernante. Coordinar los actos y ritos como la disección del cadáver, señalar los días de luto oficial, supervisar los trabajos finales de la necrópolis real, elegir los objetos que forman parte del ajuar funerario y tallar las estatuillas protectoras que acompañan al faraón en su último viaje era parte importante de su tarea.
Con el trono sin rey y la aparente incapacidad de su mujer Ankhesenamón para engendrar hijos, la herencia hubiera pasado directamente a Ay, un hombre viejo al que le quedaba poco tiempo para morir y quien veía cerca la hora de saciar sus ambiciones. Temiéndose la trama y resistiéndose a quedar relegada a un segundo plano en favor de una nueva reina, la astuta Ankhesenamón pidió ayuda a reyes extranjeros, con los que mantenían estrechos lazos, para que le enviaran un joven casadero a quien convertir en sucesor y con el que reinar conjuntamente. La llegada de un nuevo heredero al trono junto con una fuerza militar que le apoyase, hubieran hecho funcionar los planes de la desesperada reina.


La estrategia nunca funcionó. El soberano hitita Suppiliumas, a quien había recurrido, accedió a enviar a uno de sus herederos. Pero ya era tarde. Ankhesenamón se desvanece en las páginas de la historia y desaparece de la escena sin dejar rastro. El tan esperado momento había llegado para Ay que siempre se había movido entre bastidores.
Si Ay era consciente o no de los planes de la joven viuda o si tomó medidas para hacerlos fracasar es una pregunta que las fuentes de la época no han sabido responder. Tras un breve lapso de tiempo, Ay se alza como adalid del reino que había quedado vacío, sin líder y sumido en un oscuro periodo histórico del que tardaría algún tiempo en recuperarse.
Tras Ay, Horembed, el jefe militar, sucede al gran sacerdote en las funciones al frente del territorio del Alto y Bajo Egipto. Y con él, la XVIII dinastía acaba sus días de pena y gloria dando paso a un nuevo capítulo de los monarcas del Valle de los Reyes, el periodo Ramesida de la XIX dinastía.
La muerte de un rey


El 75 aniversario del descubrimiento de la tumba de Tutankamón ha hecho surgir de nuevo numerosas especulaciones sobre la causa de su muerte.
Después de años de meticulosas investigaciones en la búsqueda de pruebas en las imágenes de la tumba que revelarían nuevos datos, en las miles de toneladas de fina arena removida en el inmenso desierto del Valle de los Muertos y en exhaustivos exámenes del cuerpo del finado, los expertos aún no se han puesto de acuerdo.
La autopsia practicada a la momia de Tutankamón y las pruebas de rayos x realizadas por el departamento de anatomía de la Universidad de Liverpool hace 28 años, revelaron un pequeño corte en el hueso de la parte posterior de la cavidad craneal, causado, probablemente, por un golpe. Un golpe, quizás, intencionado o resultado de un accidente provocado por la caída desde un carruaje en una de sus muchas cacerías.








Para Bob Brier, egiptólogo americano, se trata claramente de un asesinato. El golpe en la cabeza "tuvo que ser causado por alguien cercano al rey: un guardia, su asistente personal o el copero real. Nadie podía colocarse tras la figura del faraón a no ser que fuera parte de su trabajo", explica Brier.



Donde sí existe cierta coincidencia entre expertos y egiptólogos, es en datar la edad de su muerte entre los 17 y 19 años, en el noveno año de su reinado. Para todos la muerte de Tutankamón es una cuestión misteriosa que en cualquier caso fue de "interés común" en la época mantenerlo en secreto.



El tesoro de Tutankamón. Howard Carter no podía dar crédito a sus ojos cuando aquel 26 de noviembre de 1922 penetraba en el recinto sagrado de Tutankamón. Con una vela en una mano y un cuaderno de notas en la otra, para no olvidar ni un solo detalle de aquella escena única, Carter guiaba al grupo encabezado por su compañero de expedición, Lord Carnarvon, su hija Evelyn y otras personalidades británicas y egipcias.
La tenaz búsqueda de su particular Santo Grial tuvo su dulce recompensa. Una tumba, la número 62 del Valle de los Reyes, que había permanecido casi intacta, al menos así lo pensaba Carter cuando, nervioso por la excitación del momento, trataba de abrir torpemente los sellos de la casa real de Tutankamón. Tres mil años de descanso iban a ser profanados y a poner fin a los interrogantes de la vida del joven rey rompiendo el silencio de uno de los periodos históricos más oscuros de la época faraónica.
Acurrucada en las faldas de una colina en la inmensa necrópolis de los reyes, la última morada de Tutankamón se hallaba escondida en un saliente de la roca del valle, un rincón que quedaba aún por explorar.
El diseño arquitectónico con que fue construida, un estrecho corredor con cuatro cámaras de paredes vírgenes excepto en la cámara sepulcral, daba la impresión de no ser una tumba real, sino más bien un escondrijo a medio hacer o quizás, un almacén de bienes de algún faraón. El monumento funerario del niño rey no era tan impresionante como las que otros monarcas del Valle de los Reyes habían mandado construir.
Para el egiptólogo Bob Brier, el golpe en la cabeza que acabó con Tutankamón "tuvo que ser causado por alguien cercano al rey: un guardia, su asistente personal o el copero real. Nadie podía ponerse tras el faraón, a no ser que fuera parte de su trabajo"
Entre más de 4.500 piezas, que hoy se pueden ver en el museo nacional de El Cairo, se hallaba un tesoro de incalculable valor. Como todo faraón, su tumba era el símbolo de la majestuosidad de su periodo histórico, había sido enterrado con los utensilios necesarios para asegurar su bienestar en la otra vida. Los saqueadores de tumbas tan sólo habían podido penetrar hasta la primera antecámara. Los sellos intactos en la puerta de la sala donde se hallaba Tutankamón eran la garantía de que el sepulcro no había sido violado y la confirmación de que el faraón continuaba descansando en paz. Dentro de sarcófagos y ataúdes, completamente cerrados, la momia del rey niño aparecía en la misma forma en que los sacerdotes le habían dejado junto con otros enseres imprescindibles para iniciar su viaje estelar al otro mundo, el reino de los muertos donde viviría para siempre. Amuletos y estatuillas de dioses menores protectores le acompañaban en su viaje al más allá asegurando que el ka del faraón, su alma, llegaba sana y salva. Tutankamón, encarnación del dios Horus y Osiris, tenía doble naturaleza: divina y humana. Como hombre, fue enterrado con un lujoso ajuar funerario compuesto de trajes, zapatos, insignias y joyas, máscaras de oro, perfumes y ungüentos, sillas y tronos, camas, bastones, abanicos de oro con incrustaciones de ébano, lámparas y vasijas de cerámica, jarras de vino y todos aquellos utensilios que pudiera precisar en la otra vida.
Las aficiones y gustos del faraón en vida quedaban inmortalizados en una de las cámaras contiguas a su sepulcro, repletas con arcos y flechas y carros con los que salía a cazar. Hondas, lanzaderas, bumeranes y bastones formaban también parte del ajuar que los siervos habían recogido y almacenado meticulosamente, y que han quedado como vestigios de la vida del rey.
En medio de este escenario de riquezas extraordinarias, los restos del faraón Tutankamón, como despojo del tiempo y la gloria, yacen dentro de cuatro sepulcros diferentes de madera, un gigante sarcófago de oro macizo y tres ataúdes con dibujos grabados de las escenas de su vida al lado de su esposa.
Tras la lujosa máscara de oro con detalles en lapislázuli que le cubren la cara, muestra de la majestuosidad de su imperio, aparece el rostro de un niño rey. Una ensombrecida figura que no ha pasado a la historia como legislador todopoderoso, sino como manipulada marioneta que sirvió de vía para fines políticos y religiosos de otros gobernantes más ambiciosos.


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